domingo, 17 de mayo de 2009

Feliz semana de mayo

sábado, 9 de mayo de 2009

martes, 28 de abril de 2009

El Humor en la Literatura

"Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la historia sería otra" (1).

El humor, la risa y la comedia todos cuestionables conceptos, desde los comienzos de la historia de la humanidad.

Aristóteles definió lo cómico como lo equivocado y lo feo que no provoca ni dolor, ni daño. Esta es la visión de un gran filósofo y la que muchos de los sabios, que lo sucedieron adoptaron con respecto a la comedia y a la risa. Esta era vulgar y vana. No pretendía dejar ningún mensaje.

Los conceptos de risa, humor y comedia siempre han tenido acepciones varias y muchas veces personales. Según la Real Academia, la risa no es sino una convulsión o contracción de los músculos de la cara. No tiene su origen en el humor, que a su vez según esta misma fuente, no es sino un estado de disposición para realizar una u otra cosa. Y la comedia sirve para corregir las costumbres, pintando los errores y vicios de la raza humana, también de acuerdo con esta solemne institución. Todo esto desde mi óptica personal suena muy aburrido, por lo que prefiero pensar que la risa es un mecanismo de defensa que nos ayuda a expulsar de nuestro cuerpo tensiones y problemas.

El humor, es el carácter momentáneo o constante que experimenta un ser humano a la hora de enfrentar una situación o la vida misma y además éste se presenta en diversos colores. Existe el negro, que es el que se ríe de las desgracias ajenas o propias, el de sorpresa que nos presenta situaciones que no esperábamos, el de la repetición que usa la frecuencia para romper los esquemas y provocar la risa, el de palabras que usa el lenguaje de forma inusual para provocar desconcierto, el del doble sentido que esconde algo detrás de la inocencia de una simple palabra, y el del no-sentido que nos presenta situaciones absurdas sin sentido posible, que son la pantalla de una escalofriante realidad. Y la Comedia que no es, sino la vida misma.

La mayoría de los seres humanos están dispuestos a admitir casi todo de sus vidas, como por ejemplo, que leen en el baño, que hablan solos, que escuchan a Julio Iglesias, que sus senos son implantes, que no tienen buen carácter, pero hay de quien acepte carecer de buen humor.

Los Antropolonchanzas, son las personas que se dedican al estudio del humor en el hombre y ellos sostienen que quien fuera que decidió reír por primera vez, tenía de seguro un imponente montón de cosas que responder. Y la única forma de salirse de ese aprieto fue dejando salir una carcajada.

"El humor es un susurro del Alma, que implora a la mente y al cuerpo que se relajen y que vuelvan a estar en paz" (2).
Anónimo

"El humor es una declaración de superioridad del hombre sobre todo cuanto le sucede" (3).
Esta visión muy personal y a la vez compartida, forma parte de mi esencia como ser humano. Desde siempre, o mejor dicho desde hace algunos años cuando estudié Teatro en la Universidad Católica, hubo un dramaturgo que marcó mi percepción de lo cómico, la risa y el humor dejando en mí sembrada una espina que me impide olvidar que la vida no es sino una representación teatral más dramática y más irónica que el mismo teatro, en mi caso fue el escritor rumano Eugene Ionesco.

Este dramaturgo impulsó un teatro en contra de las ideologías y convencionalismos que estaban en completa decadencia. Sus primeras presentaciones no tuvieron gran acogida, pues no fueron comprendidas o fueron tomadas como insultos al intelecto.
"El sabio no ríe sino temerosamente"(4).
El sabio es decir el que está iluminado por el espíritu del señor, aquel que posee la práctica del formulario divino, no ríe, no se abandona a la risa sino temerosamente. El sabio tiembla por haber reído, el sabio le teme a la risa, como le teme a los espectáculos mundanos, la concupiscencia. Se detiene al borde de la risa, como al borde de la tentación, como al borde del abismo. Dentro de él existe una cierta contradicción secreta entre su carácter de sabio y el carácter primordial de la risa. A los ojos de aquel que todo lo sabe y todo lo puede, lo cómico no existe.

Un sabio lo piensa mucho antes de permitirse reír. La risa es privativa de los tontos e implica en mayor o menor medida la ignorancia y debilidad. Lo cómico es condenable y de origen diabólico decían muchos de los grandes filósofos.

Teorizando un poco tenemos entonces que la risa es satánica, luego profundamente humana y profundamente contradictoria ya que es signo de una grandeza infinita y de una miseria lamentable.

La potencia de la risa está en el que ríe y no en el objeto de la risa. No es el hombre que cae quien ríe de su propia caída. A menos que ésta sea representada y el que cayó muera de la risa y después llore por su miseria humana. Entonces de manera ligera podríamos concluir que lo cómico es signo

de superioridad o de creencia en la propia superioridad, sobre los hechos que ocurren y todos estos constituyen las pequeñeces del ser humano
Absurda vida de Ionesco

La vida de Ionesco parece haber inspirado gran parte de sus teorías. Escenas que le fueron presentadas a lo largo de su existencia lo marcaron de manera notoria. Por ejemplo, cuando su padre se burlo de su madre y ella trató de suicidarse delante de él. Luego la separación y la partida del padre hacia Rumania para luchar en la gran guerra mientras Ionesco y su madre permanecieron en Paris. La madre tuvo que salir a trabajar en una fábrica para mantener su familia. A Ionesco le encontraron una fuerte anemia y él y su hermana fueron enviados a una granja en La Chapelle Anthenaise para recuperarse. Allá comenzó a leer mucho, uno de los primeros libros que cayeron en sus manos fue de Flaubert, cuando apenas contaba con 10 años y desde esta lectura decidió que él escribiría su propia literatura. Sus primeras obras de corte patriótico, mostraban semillas de rebelión que germinaban en su cabeza. Su primera pieza de teatro, se trató de un grupo de niños que destruían su casa y lanzaban a sus padres por la ventana.

Cuando Ionesco cumplió los doce años su madre decidió tratar de rehacer su matrimonio y volvió a Rumania. Entonces ella descubrió que ya estaba divorciada y él, el padre de Ionesco estaba vuelto a casar. Teresa como se llamaba su madre renunció a la custodia de sus hijos y se regresó a Paris. La nueva esposa de su padre, Lola les odió tanto que hizo que Regine la hermana de Eugenio partiera junto a su madre a Paris. El padre era rico y nunca le pasó dinero a su madre.

El padre de Ionesco creía en el Estado sin importarle lo que éste representara. No importaba quien tenía el poder éste apoyaba ciegamente cualquier decisión. Hasta el punto que llegó a ser Stalinista. Ionesco en desacuerdo constante con estos gobiernos publicaba artículos en contra del régimen. Por esta razón, fue arrestado y condenado varias veces. A los 18 años se inscribió en la Universidad de Bucarest y se mudó solo. Empezó a dar clases de inglés y francés para mantenerse. Realmente el dinero que él producía no le alcanzaba y sin embargo, cuando su padre le daba dinero se lo gastaba en fiestas suntuosas. Él era la contradicción de su padre. Fue cuando él decidió que cualquier oposición al estado era positiva, que lo militar era negativo, que Dios tal vez no existía y que los hombres usaban y controlaban cruelmente a las mujeres. Pasó por diversas corrientes que guiaron su escritura entre ellas encontramos el existencialismo como la más influyente.

Se casó a los 24 años, su madre murió el año siguiente, y con su padre tuvo una discusión que terminó con esta frase . "Es mejor estar del lado de los judíos que del lado de los estúpidos. Mis saludos para usted y partió". El padre murió unos años después. Años más tarde Ionesco confesó sentir remordimientos por como trató a su padre, pues lo único que él le podría reprochar era el hecho de que él era como todos los demás. Y esto fue uno de los pilares fundamentales dentro del intento de comunicación que hace Ionesco en su teatro. La lucha contra el conformismo y los estereotipos.


(1) Oscar Wilde en su novela El Retrato de Dorian Gray
(2) Anónimo
(3) Romain Gary
(4) Charles Baudelaire, pag 17 de su libro lo cómico y la caricatura.


http://www.textosentido.org/textosentido/resenas/humor1.html

jueves, 9 de abril de 2009


FELICES PASCUAS
Besitos
La profe Tessari

lunes, 30 de marzo de 2009

UN REGALO DE MI PROPIA PRODUCCIÓN


MARIFÉ
- ¿Marifé?
- María Felicidad Caballero de Vega
- ¡Se jugaron tus viejos!
- Psé
- ¿Te molesta hablar de vos?
- bastante, pero si no hay remedio
- ¿Por dónde te gustaría empezar? ...
Llegué a casa más temprano de lo costumbre, pasé por la verdulería, los tomates eran un poema y pensé que una ensalada griega combinaría para un rico pollo al limón. ¡Hace tanto que no me dedico a mi familia!. Estoy demasiado ocupada, la maldita empresa siempre tiene que estar primero. Miguel y los chicos tienen razón de enojarse, cuando llego tan tarde que ni ganas me quedan para escucharlos.
Esta locura tiene que parar y ahora, la nueva de mi viejo, el muy maldito me mandó a terapia, terapia... Solamente a él se le ocurre que la terapia va lograr que me divorcie y me dedique todo el tiempo a él y a la empresa. Bendita empresa. Si no fuese porque es mi viejo, y le debo mi carrera...
- Hola Má
- Llegaste temprano
- Uy torta de chocolate para la merienda.
- Mh ¡Qué rico!
- ¿Qué festejamos?
- Nada, tenía ganas de estar en casa. ¿Cómo les fue en el cole?
- Bien - contestó Julián y Patricio agregó
- Mañana tengo prueba de sociales ¿me ayudás?
- A ver...
Hacía mucho que no me sentía tan feliz. Estudiamos, tomamos la leche, jugamos y los disfruté como nunca.
Cuando llegó Miguel, no lo podía creer. Todo estaba listo, la mesa puesta, los chicos bañados, los deberes hechos y su comida preferida calentita. Cenamos sin televisión, ¡teníamos tanto que contarnos!
Me sentí completa y satisfecha cuando luego de acostar a los nenes; Miguel me sedujo hasta llevarme a la cama, entre arrumacos y masajes.
- Soy feliz
- Yo también, hace mucho que no te dejabas amar, ni te entregabas.
- Sí
- ¿A qué se debe ese cambio?
- Empecé terapia, me obligó papá...
- Así no sirve
- Sí, eso ya lo sé, pero...
- ¿Pero?
- Me ayudó a recordar todo lo lindo que vivimos juntos.
- ¿Te acordás de nuestra luna de miel?
- Ya hace diez años de eso. ¡Qué bien me sentí cuando después de desvestirme y desvestirte dijiste...
- "Esta es la primera noche del resto de nuestras vidas"
- Soy tuya
- Te amo.
El despertador sonó a las seis de la mañana, me levanté, enchufé la cafetera. Preparé el desayuno. Desperté a Pato y a Juli, mientras se cambiaban me puse a pensar que estaban enormes y que yo me estaba perdiendo todas sus evoluciones a causa de ser personal jerárquico en las empresas de mi padre. Si bien el dinero fresco me atraía; no tenía ganas de seguir adelante, ya era demasiado.
A las siete pasó el micro a buscar a los chicos. Miguel no tenía consultorio hasta el mediodía. Volví a la cama. Hoy no salgo.
- ¡Marifé, te dormiste, no llegás!
- No voy, me quedo, no tengo ganas.
- ¿Te pasó algo?
- Sí, estoy podrida.
El asombro de Miguel era total, no entendía nada.
- No me mires con esa cara. ¿Nunca quisiste tirar todo por la ventana?
- Sí, pero ¿y tu vocación?
- La vocación que eligió mi viejo, porque él era publicista y yo única hija.
- Nunca habíamos hablado de esto, ¿querés hacerlo?
Hablamos como amigos. Cuando llegó el mediodía Miguel llamó al consultorio y suspendió todas las citas. Necesitábamos estar juntos. Recuperar el tiempo perdido, redescubrirnos sin malos entendidos, desganos u ocultamientos.
Fuimos a buscar a los chicos a la escuela. No entendían en absoluto pero estaban felices... estamos felices, somos una familia.
- Marifé, contame de tu infancia
- Soy única hija
- eso es una realidad ¿Y tu infancia?
- fui la belleza, la princesa, la nena de papá. Me aburrí bastante, no tuve muchos amigos. No fui a bailar. Siempre estudié. Fui abanderada. Todo diez. A los veinte me fui a París, becada, y conocí a Miguel.
- ¿Quién es Miguel?
- Es todo y todos a la vez. Es el mejor hombre que conocí, por no decir el único; es un amigo, un amante; es quien comprende mis lágrimas y amaina mis furias. Es la persona que elegí como compañero para el resto de mi vida.
Tuve ganas de ir a buscarlo, llegué a las 15:30 a la clínica. Su secretaria me preguntó si tenía hora, no me reconoció, le dije que no y que era urgente, le di mi apellido de soltera. Cuando llegó mi turno y entré al consultorio, a Miguel le dio un ataque de risa. Hicimos el amor, en silencio y mirándonos a los ojos muy fijamente, como cuando éramos novios y no nos queríamos perder ni un gesto del otro.
No entendía mi cambio, estaba pensando en cómo iba a reaccionar su suegro cuando supiera que su hija había faltado al trabajo porque tenía ganas. Se venía una tormenta, peor que la de Santa Rosa.
- ¡Marifé, urgente en mi oficina!
- No vino. Y hace tres días que falta.
- ¿Llamó?
- No
- Comuníquenme con ella- rugió Caballero
- Marifé en línea cuatro
- Gracias
- ¿Qué hacés todavía en tu casa? Cuantas veces te dije que tu vocación está en la empresa y no al lado de ese tipo que te aparta de mí alevosamente y de esos animalitos que tenés como hijos... ¿Cuántas veces?
No respondí. Me limité a colgar el tubo del teléfono y encender el contestador.
- Tengo un problema
- ¿Si?
- Mi padre
- ...
- Él siempre se negó a que me casara y tuviera hijos
- ¿Y tu mamá?
- Nunca la conocí. Papá dice que está muerta, pero en ningún cementerio hay una tumba con su nombre. Yo creo...
- ¿Qué es lo que creés?
- que ella lo abandonó y yo en su lugar también lo hubiera hecho.
- ¿Por qué?
No tenía ganas de hacerlo. Abrí la puerta del despacho y entré. Papá se besaba con su secretaria. Carraspeé. Ella me miró aterrada, él me recriminó mi falta de educación. Presenté mi renuncia indeclinable a todo ese mundo, a esa prisión. No medió entre los dos ni una palabra, sobraban las miradas.
Había tomado la decisión más difícil de mi vida. No lloré, fue raro pero no lloré. Sentí un alivio.
Fui al consultorio de Miguel y le conté mi decisión. Me miró, tomó mi cara entre sus manos y me dijo:
- Bienvenida al mundo de los seres humanos.
- gracias
- Es importante ahora que sepas que lo que viene es difícil pero es tu futuro y vos sos su dueña...
Pasamos una velada agradable a los chicos los veía con otros ojos, eran míos, nuestros, los había llevado en mi vientre... era feliz.
Mañana conversaría con el terapeuta sobre el futuro, ahora sólo quería observar a mi familia... mi elegida familia.
- ¿Cómo te imaginás ahora tu vida?
- Libre, aunque me asuste la libertad, libre.
- ¿Qué te asusta de la libertad?
- El tomar decisiones
- ¿En la empresa las tomabas?
- Sí, pero era todo un bluf; porque aunque yo fuese la gerente general, y tuviese la última palabra, todo ya venía aprobado por mi padre, no era una verdadera decisión con riesgos incluidos.
- Y ahora, ¿cómo te sentís?
- Viva, con mucho tiempo y ganas de disfrutar todo el tiempo perdido, con ganas de no perderme ningún momento de mimos con Miguel, de no perderme a mis hijos.
- Despacio, hay mucho tiempo. Tenés toda la vida por delante.
- El resto de mi vida...
Llegué a casa, en el contestador aullaba mi papá, entre desesperado y prepotente:
- No te entiendo, te di todo. Sos mi hija, mi mejor publicista: Me decepcionás. Pero no pienso quedarme de brazos cruzados, esto no va quedar así. No vas a llegar a ningún lado en la vida con tus caprichos de madre y esposa. Ya me voy a encargar de que te arrepientas. Aparecí por la empresa. El revuelo era general, nunca había pensado que mi renuncia hubiese provocado todo esto. Pero así era, mis compañeros se quejaban; mis subordinados corrían por los pasillos. Y los gritos de mi padre sonaban en todos los rincones.
La agencia nunca había sido un lugar tranquilo, pero tampoco este loquero.
- Recapacitaste.
- No
- ¿A qué viniste entonces?
- A charlar, pero no acá, seguime.
Nunca pensé que tenía poder sobre él. Me obedeció y salimos de ese mundo. Fuimos a una confitería, tranquila, lejos del centro de conflicto, como me había recomendado el terapeuta.
- ¿Qué querés, matarme de un disgusto?
- No, eso es decisión tuya. La muerte siempre fue decisión tuya.
- ¿Qué buscás?
- Saber
- ¿Qué?
- Mamá
No imaginé lo que estaba escuchando, por un lado estaba asombrada de sus lágrimas, por el otro me sentía culpable de haberlo abandonado, era increíble pero en vez de aclararme las ideas me las confundía más. No lo dejé terminar, llamé al mozo, pagué y me fui...
Necesitaba sol, aire, respuestas. ¿Cómo que mi padre no era mi padre? ¿Por qué no me contó antes que me había encontrado en la calle, envuelta en diarios y que un juez le había dado la tenencia? ¿Hubiese muerto de no ser por él? Una puntada en el estómago me volvió a la realidad. Había llegado a casa, no sé cómo, pero estaba sentada en la cama, ahora sí, llorando.
Miguel llamó para comentar que los chicos se iban a dormir a lo de la abuela Anna.
- ¿Qué te pasa?
- Mi papá
- ¿Qué te dijo ahora?
- Que soy adoptada
Llegó en quince minutos, me abrazó y dejó que me calmara en sus brazos. Dijo que el camino a recorrer era complicado pero que no me dejarían sola. Que él y los chicos se encargarían de protegerme. Le pedí que con Patricio y Julián tuviésemos tacto y lo hiciéramos paso a paso, porque estas cosas hacen sufrir.
- Sí, pero digámosle la verdad, te van a ver sufrir, llorar y van pensar que hicieron algo mal. Aclaremos las cosas del vamos y no compliquemos más la situación.
- Como quieras, pero que no sufran ellos también. Mi amor...
- ¿Sí?
- No me dejes
- Nunca
Miguel tomó el control de la situación, no sólo le puso límites telefónicos a papá sino que también le prohibió que me mortificara constantemente. Contrariamente a lo pensado, papá reaccionó bien y por un tiempo dejó de perseguirme y dejarme mensajes insidiosos en el contestador. También se encargó de mi caso en particular ya que mi suegro es abogado y tiene muchos contactos. Tanto se ocupó de mí que el lunes encontré un cartelito en la heladera que decía: “No me esperes a cenar, hay asuntos ineludibles que no pueden esperar más.”
Cuando llegó, me encontró dormida en el sillón, con pato apoyado en las rodillas y Juli abrazado a mi cuello... El flash de la cámara me despertó.
- Esta escena quedará para la posteridad... me tenté - me besó, y después se llevó a los chicos a dormir. Cuando volvió me dio un besito en la punta de la nariz que me hizo acordar a nuestros secretos cuando estábamos de novios.
- Hablamos con Nacho, del juzgado de adopciones.
- ¿Sí?
- Tu mamá murió, pero nunca te abandonó...
- Seguí... – le pedí con los ojos llenos de lágrimas
- Tu papá te robó...
Me estremecí, no quería escuchar más, pero Miguel me obligó a saber toda la verdad.
Mamá estuvo desaparecida cuando estaba embarazada de mí, mi papá también desapareció. Este hombre era un amigo de un alto mando. Cuando mi mamá me tuvo, la mataron y me adoptó él, otro dato, nunca se casó.
- Quiero hablar con usted, es muy urgente.
- Esta tarde a las 17:00 hs.
- gracias
- La espero
Hablé, hable sin parar. La sesión se pasó volando. Hablé, lloré, grité. Me vacié. Y juré no volver hacia atrás, pero él me exigió que no lo haga.
- Necesito tiempo
- Tenés toda la vida.
- ¿Quién soy?
- María Felicidad
- No, ella es ficción... la ficción que inventó ese hombre
- Su padre
- No, ese usurpador no es mi padre
- Marifé, todos nos equivocamos alguna vez, no es bueno tener rencores, por más difícil y más bronca que dé. Piénselo.
- Ya no quiero pensar más.
- Eso tampoco es bueno.
- ¿Y qué es bueno y qué, malo? Es una encrucijada, por momentos creo que lo hizo todo a propósito. Y en otros momentos me siento una desagradecida. También siento que él me dio lo mejor, pero por otro lado lo mejor hubiera sido que me dijese la verdad, pero de chica y no ahora, cuando ya es tarde y el odio se confunde con la culpa y las ganas de llorar no me dejan ni dormir ni estar despierta.
- Son varios duelos, uno es el de la mamá perdida, otro es el del papá verdadero y otro es el de su vida anterior a saber todo esto.
- Uff. Estoy tan agotada que ni siquiera puedo descansar. Y pensar que renuncié con la finalidad de estar en paz y disfrutar con mi familia. ¿Por qué es todo tan complejo?
- En estos casos no es propicio hacerse tantas preguntas que solo llevan a deprimirse más y no verle salida al conflicto. Confiá, de estas cosas se aprende, uno sale enriquecido del peor dolor, uno crece en estas situaciones y aprende dónde se encuentra el límite de su resistencia. Permitite llorar, gritar, enojarte; estás en todo tu derecho, perdiste a tu mamá y a tu papá. Pero también pensá que quizás existe algún familiar que puedas conocer y que te pueda contar tu historia. Permitite confiar en que eso pueda suceder.
No quería hablar más del tema. Antes de ir a casa pasé por la escuela a buscar a mis hijos.
Julián lloraba sentado en la dirección, le había pegado a un compañero porque éste le dijo “Bastardo”.
- No sé qué quiere decir – le dijo entre lágrimas – pero yo me llamo Julián.
No pude explicarle que era bastardo, solo pude abrazarlo fuerte y darle muchos besos.
Esa misma noche decidí escribir un diario, en el que ahora mismo estoy contando esta historia, mi historia.
En un principio creí que el corazón se me iba a escapar del pecho, tenía tanto que armar y empecé.... Ustedes ya saben, no es necesario contarles todo de nuevo. Ya en la séptima página decidí descansar por ese día, ya estaba más aliviada. ¿Comprenden por qué?
Cuando llegó Miguel, bastante tarde, por cierto, los chicos dormían y yo miraba la televisión.
- Tengo novedades
- ¿Sí?
- Viajamos este fin de semana a Punta del Este
- ¿Todos?
- No, los chicos se quedan con mamá.
- ¿Motivo?
- Marifé de Vega ¿La conocés?
- Un poco, pero quiero saber más de ella.
Llegamos a Punta y nos alojamos en el Hotel San Remo, habitación cincuenta. El viento era insoportable y estaba haciendo bastante frío.
Miguel me tomó de las manos y me llevó a recorrer el paraíso de su piel. Me sentí renacer de la angustia, la culpa y la incertidumbre; ser mujer, su mujer, nuevamente; aunque todavía no tenía identidad, sólo recordaba llamarme María... cómo lo hacía él en el momento de más placer... María.
Nos amamos una y otra vez hasta quedar vacíos pero eternos.
- Vamos a dar un paseo – propuso misterioso – quiero que conozcas a una persona.
- Vamos
- ¿No te da curiosidad saber de qué se trata?
Mi mirada era más de miedo que de curiosidad, se dio cuenta y no preguntó más. Me dejé llevar de la mano hasta una paqueta casa de José Ignacio. Tocamos el timbre y salió una señora, dijo llamarse María y nos invitó a pasar.
Miraba una y otra vez su cara, sus manos, su cabello entrecano, sus rulos, sus ojos grises y esa sonrisa plena e inalterable. Creí que me estaba mirando en un espejo y que él me mostraba dentro de unos diez años. Se me borraba la visión.
- ¿Quién sos? – le pregunté cuando me agarró de las manos.
- Soy tu abuela.
La abracé. Lloré. Lloramos las dos
- Gracias mi amor – le dije a mi esposo mientras volvíamos del viaje- Me devolviste mi historia. Me ayudaste a encontrarme. Gracias.
- No hay nada que agradecer, te amo y es lo único que cuenta
Pasaron los meses y mi historia se fue completando, nuestros hijos conocieron a su bisabuela. Veraneamos en José Ignacio. Vino a Buenos Aires. Y no nos separamos más.
- ¿Marifé?
- María Felicidad Rodríguez Acosta
- ¿De Vega?
- Sí. De Vega – Sonreí plenamente.

Edith Tessari de Méndez (2004)

domingo, 29 de marzo de 2009

El hijo de la luna

viernes, 27 de marzo de 2009

PARA EMPEZAR UN CUENTO


Es el que les leí en clase, luego que ustedes leyeran sus respectivos cuentos... a disfrutarlo nuevamente.

El que inventó la pólvora
Carlos Fuentes


Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual -titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades-, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.
La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.
Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino -no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo, pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.
El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té -a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios- se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.
Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud... Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se habla caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.
La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches -esto podría haber despertado sospechas- ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior -que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado-, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias.)
Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. «Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos -declaraba un cartel- usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica.» La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.
El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).
Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían... amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores, vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.
Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.
La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.
Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.
Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo -por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan- que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!» ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.
Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Huí del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora... Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos- y formular algún proyecto.
¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas... Termino el libro («¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!») y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras sólo pensábamos (y yo sólo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.
No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.
Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!... Ahí pasa otra vez el mensajero:
«USEN TODO... TODO... TODO»
Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos...
Estoy sentado en una playa que antes -si recuerdo algo de geografía- no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo... ah, la primera chispa...
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/fuentes/cf.htm